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Gabriel García Márquez: Una vida
 
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Gabriel García Márquez: Una vida [Format Kindle]

Gerald Martin

Prix éditeur - format imprimé : EUR 12,12
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Descriptions du produit

Extrait

1 De coroneles y causas perdidas 1899-1927
 
Quinientos años después de que los europeos toparan con el Nuevo Mundo, a menudo América Latina parece una decepción para sus habitantes. Es como si su destino hubiera sido determinado por Colón, «el gran capitán», que descubrió el nuevo continente por error, que equivocadamente lo llamó «las Indias» y murió lleno de amargura y desilusión a comienzos del siglo xvi; o por Simón Bolívar, que puso fin al gobierno colonial español a principios del xix, pero murió consternado ante la desunión que reinaba en la región recién emancipada y atenazado por la sombría impresión de que «el que sirve a una revolución, ara el mar». Más recientemente, el destino de Ernesto «Che» Guevara, el icono revolucionario romántico por excelencia del siglo xx, que murió como un mártir en Bolivia en 1967, sólo confirmó la idea de que América Latina, el continente desconocido, la tierra del futuro, alberga grandiosos sueños y fracasos calamitosos.
 
Mucho antes de que el nombre de Guevara recorriera el orbe, en un pequeño pueblo de Colombia que la historia sólo iluminó fugazmente durante los años en que la United Fruit Company, con sede en Boston, decidiera plantar allí bananeras a comienzos del siglo xx, un niño escuchaba absorto mientras su abuelo contaba relatos de una guerra que duró mil días y que al acabar le había hecho sentir también la amarga soledad de los vencidos, relatos de hazañas gloriosas de antaño, de héroes y villanos espectrales; historias que le enseñaron al niño que la justicia no se entrama de manera natural en la urdimbre de la vida, que el bien no siempre vence en el reino de este mundo, y que los ideales que llenan los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser derrotados e incluso desaparecer de la faz de la tierra. A menos que perduren en la memoria de quienes viven para contarla.
 
A finales del siglo xix, setenta años después de conseguir la independencia de España, la república de Colombia era un país de menos de cinco millones de habitantes controlado por una élite de tal vez tres mil propietarios de grandes haciendas, la mayoría de los cuales eran políticos y empresarios, y muchos también abogados, escritores o gramáticos. De ahí que la capital, Bogotá, fuera conocida como la «Atenas sudamericana». La guerra de los Mil Días fue la última y más devastadora de una veintena de guerras civiles nacionales y locales que habían arrasado Colombia durante el siglo xix, libradas entre los liberales y los conservadores, los centralistas y los federalistas, la burguesía y los terratenientes, la capital y las provincias. En muchos otros países, el siglo xix asistió a la victoria de los liberales o sus equivalentes en la histórica batalla, mientras que en Colombia los conservadores dominaron hasta 1930 y, tras un breve interludio liberal de 1930 a 1946, asumieron de nuevo el poder hasta mediados de los cincuenta y a día de hoy siguen siendo una fuerza poderosa. Ciertamente, Colombia es el único país donde a finales del siglo xx las elecciones generales se debatían aún entre un Partido Liberal y un Partido Conservador tradicionales, sin que otras fuerzas políticas lograran afianzarse de manera perdurable. Esto ha cambiado en los últimos diez años.
 
Aunque la guerra se denominase «de los Mil Días», en realidad el conflicto había acabado antes casi de empezar. El gobierno conservador disponía de recursos sumamente superiores y los liberales quedaron a merced de las excentricidades de un líder carismático pero incompetente, Rafael Uribe Uribe. A pesar de eso, la guerra se prolongó durante poco menos de tres años, siendo cada vez más cruel, enconada e inútil. Desde octubre de 1900, ninguno de los dos bandos hacía prisioneros: se anunció una «guerra a muerte» cuyas sombrías consecuencias se dejan notar todavía en Colombia. Cuando todo acabó, en noviembre de 1902, el país estaba devastado y empobrecido, la provincia de Panamá estaba a punto de perderse para siempre y alrededor de cien mil colombianos habían perecido en la matanza. Durante décadas se sucederían enemistades y venganzas fruto del modo en que se había resuelto el conflicto. Esto ha hecho de Colombia un país paradójico, en el cual durante casi dos siglos los dos partidos mayoritarios han mantenido una amarga enemistad sin ocultarlo, si bien se han unido tácitamente a fin de garantizar que el pueblo nunca tuviera una verdadera representación. Ninguna nación latinoamericana ha padecido menos golpes de Estado o dictaduras en el siglo xx que Colombia, pero sus habitantes han pagado un altísimo precio por esa apariencia de estabilidad institucional.
 
La guerra de los Mil Días se libró a lo ancho y largo del país, pero el centro de gravedad poco a poco se desplazó hacia el norte, a las regiones de la costa atlántica. Por un lado, la sede del gobierno, Bogotá, nunca estuvo seriamente amenazada por los rebeldes liberales; por otro, éstos se retiraron indefectiblemente hacia las rutas de fuga que con frecuencia tomaban sus dirigentes para ir en busca de refugio a países vecinos cordiales
 
o a Estados Unidos, donde trataban de reunir fondos y comprar armas para la próxima ronda de hostilidades. En esta época, el tercio norte del país, lo que se conoce como la «Costa» -sus habitantes son apodados «costeños»-, comprendía dos departamentos de enorme importancia: Bolívar al oeste, cuya capital era el puerto de Cartagena, y Magdalena al este, cuya capital era el puerto de Santa Marta, enclavada al pie de la imponente Sierra Nevada. Las dos ciudades más importantes a ambos lados de la Sierra Nevada -Santa Marta al oeste y Riohacha al este- y todas las ciudades que hay entre ambas bordeando la sierra -Ciénaga, Aracataca, Valledupar, Villanueva, San Juan, Fonseca y Barrancas- cambiaron de manos en múltiples ocasiones durante la guerra, y fueron el escenario de las hazañas de Nicolás Márquez y sus dos hijos mayores, ambos ilegítimos, José María y Carlos Alberto Valdeblánquez.
 
En algún momento a principios de la década de 1890, Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán se habían trasladado con sus dos hijos, Juan de Dios y Margarita, a la pequeña ciudad de Barrancas, en La Guajira colombiana, y alquilaron una casa en la calle del Totumo, a pocos pasos de la plaza. La casa aún sigue en pie. El señor Márquez puso una joyería, donde forjaba y vendía sus propias piezas -collares, anillos, brazaletes, cadenas y, su especialidad, pececillos de oro- y, a lo que parece, estableció un negocio rentable que hizo de él un miembro respetado de la comunidad. Su aprendiz, y a la larga socio, era un hombre más joven llamado Eugenio Ríos, casi un hijo adoptivo, con quien había trabajado en Riohacha tras traerlo de El Carmen de Bolívar. Ríos era el hermanastro de la prima de Nicolás, Francisca Cimodosea Mejía, con la que éste se había criado en El Carmen y a la que más tarde se llevaría consigo a Aracataca. Cuando empezó la guerra de los Mil Días, tras una larga época de frustración y resentimiento liberal, a los treinta y cinco años Nicolás Márquez se estaba haciendo un poco mayor para la vida aventurera. Además, había fundado una vida acomodada, fructífera y agrada-ble en Barrancas, y procuraba afianzar su creciente prosperidad. Aun así, se unió al ejército de Uribe Uribe y peleó en las provincias de La Guajira, El Cesar y Magdalena, y existen testimonios de que luchó con mayor tesón y más tiempo que muchos otros. Es un hecho cierto que estuvo implicado en la contienda de buen principio cuando, en calidad de comandante, formó parte de un ejército liberal que ocupó su ciudad natal de Riohacha, y todavía seguía involucrado cuando el conflicto tocó a su fin, en octubre de 1902.
 
A finales de agosto de 1902, el ejército liberal, recientemente reforzado, bajo el mando de Uribe Uribe, que poco antes había llevado a cabo una de sus reapariciones imprevistas, había avanzado hacia el oeste bordeando la sierra desde Riohacha hasta la aldea de Aracataca, ya conocido bastión liberal, adonde llegó el 5 de septiembre. Allí Uribe Uribe mantuvo dos días de conversaciones con los generales Clodomiro Castillo y José Rosario Durán, además de otros oficiales entre los que se contaba Nicolás Márquez. Y fue allí, en Aracataca, donde tomaron la funesta decisión de luchar una vez más, la cual llevaría a su desastrosa derrota en la batalla de Ciénaga.
 
Uribe avanzó hacia Ciénaga a primera hora de la mañana del 14 de octubre de 1902. Las cosas empezaron a torcerse para los liberales desde el momento en que un buque de guerra del gobierno empezó a bombardear sus posiciones desde el mar. Uribe Uribe fue derribado de su montura y varias balas que agujerearon su guerrera no alcanzaron...

Revue de presse

Desfilan sus amistades políticas y literarias: Castro, González, Clinton, Cortázar, Vargas-Llosa y Carmen Balcells entre otros; y se dibujan sus trayectos vitales: Colombia, París, Barcelona, México.

Détails sur le produit

  • Format : Format Kindle
  • Taille du fichier : 1767 KB
  • Nombre de pages de l'édition imprimée : 784 pages
  • Editeur : DEBATE (17 juin 2011)
  • Vendu par : Amazon Media EU S.à r.l.
  • Langue : Espagnol
  • ASIN: B0068SB8PE
  • Classement des meilleures ventes d'Amazon: n°184.352 dans la Boutique Kindle (Voir le Top 100 dans la Boutique Kindle)
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